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El estudio histórico de aspectos relacionados con la
salud y con las enfermedades ha partido, a menudo, del estudio y el
análisis de las epidemias. ¿Por qué? Pues porque una epidemia (enfermedad
infecciosa) es considerada una enfermedad social. Primero, por el
incremento de defunciones que implica y después, por las reacciones que
provoca dentro de una comunidad: pánico, egoísmo, culpabilidad,
aislamiento de los afectados, etc.
Durante el siglo XIX cambia la
situación con la transición demográfica de los países europeos. Con el
régimen demográfico moderno desaparecen las crisis demográficas y parece
que ya no hay epidemias. Después, a lo largo del siglo XX, el fenómeno se
amplía a la mayor parte del mundo.
A comienzos del siglo XXI nos
encontramos ante una reaparición, en el ámbito mundial, de determinadas
enfermedades epidémicas que creíamos prácticamente desaparecidas. La
mayoría de esas enfermedades la encontramos en los países del Tercer
Mundo, condicionando sus estructuras demográficas, económicas y sociales.
Resulta evidente que el resurgimiento de muchas enfermedades tiene
una conexión directa con situaciones de infraalimentación y con las
deficientes condiciones de higiene y vivienda de las áreas que la sufren.
Así se entiende que enfermedades que en los países ricos no son graves,
sigan teniendo un carácter letal en los países subdesarrollados. Así,
encontramos la peste en zonas de Asia y de África, el cólera en áreas
sudamericanas del Pacífico y en el África central, y el paludismo en las
regiones tropicales de África y del sureste asiático.
Durante las
últimas décadas, la falta de respuesta del mundo desarrollado a la
pervivencia de determinadas epidemias responde a dos factores. Por una
parte, a un elevado nivel de confianza en la propia capacidad de
desarrollo histórico; por otra, a la lucha que han llevado a cabo los dos
bloques surgidos de la Segunda Guerra Mundial, que ha imposibilitado que
los países de dichos bloques se preocuparan por los problemas del Tercer
Mundo.
Pero a todas esas enfermedades se les ha sumado últimamente
el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida), que afecta en gran
manera a África y América Central. Esta nueva epidemia, a diferencia de
las enfermedades epidémicas tradicionales, no respeta las diferencias
entre países ricos y países pobres. No obstante, a pesar de que, en
teoría, todo el mundo la puede contraer, hay territorios más afectados que
otros. Por otra parte, el sida sigue extendiéndose en la época actual y no
acaba de hallar la respuesta adecuada.
Así pues, nos hallamos ante
una situación en que la rápida extensión del sida conduce al mundo actual
hacia un retorno a actitudes de egoísmo e insolidaridad, que parecían
superadas históricamente. Peligra pues la concienciación social que exige
el tratamiento de las personas afectadas, que además no es tan sólo una
responsabilidad de las instituciones públicas, sino que requiere de un
compromiso individual de todas las personas. Y aparecen también peligrosas
actitudes de xenofobia, sustentadas en criterios económicos, diferencias
culturales y religiosas, y en una especie de proteccionismo social que
puede llevar a nuestra sociedad hacia un rechazo de colectivos marginales
(homosexuales, prostitutas, drogadictos, etc.) o de los inmigrantes de
países del Tercer Mundo.
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